Por qué a veces seguimos cuando ya sabemos que podríamos terminar
El vuelo había sido bueno. Muy bueno.
Llevaban unas tres horas en el aire y buena parte del grupo ya había aterrizado en un lugar amplio, conocido y recomendado por los pilotos locales.
Pero dos pilotos todavía tenían altura.
Uno de ellos, con mucha experiencia, siguió.
El otro lo vio alejarse y decidió acompañarlo.
No había un récord esperando. No había que cerrar un triángulo. Ni siquiera había un objetivo demasiado concreto.
Había altura. Todavía había térmicas. Había ganas de volar un poco más.
Y había otro piloto adelante.
Siguió.
Más adelante la situación empezó a cambiar. Perdió altura. Encontró más viento. Avanzaba menos. Había cruzado un pueblo y volver ya no era una opción. El terreno que tenía por delante ofrecía cada vez menos lugares cómodos para aterrizar.
Lo que había comenzado simplemente como la posibilidad de aprovechar un poco más el día terminó en un aterrizaje complicado.
Hasta acá, nada demasiado extraordinario.
Lo inquietante es que probablemente ninguno de nosotros necesite que le expliquen por qué siguió.
Una más
Una nube más.
Una loma más.
Cinco kilómetros más.
Llegar hasta aquel pueblo.
Cerrar el triángulo.
Superar nuestra marca.
O simplemente seguir volando porque todavía podemos.
Cambian los objetivos, pero hay una negociación que probablemente muchos pilotos conozcamos:
“Hasta ahí y veo.”
Y la mayoría de las veces no pasa nada.
A veces incluso ocurre todo lo contrario.
Esa térmica aparece. Recuperamos altura. Cruzamos el siguiente valle. El día vuelve a encenderse y aquello que parecía el final termina siendo el comienzo de otros cincuenta kilómetros.
Muchos de los vuelos que recordaremos durante años probablemente existan porque, en algún momento, decidimos probar una más.
Entonces quizás la pregunta interesante no sea por qué seguimos.
Quizás sea otra.
¿Cómo sabemos que todavía estamos eligiendo seguir?
Una decisión lleva a la siguiente
Cuando miramos un vuelo después de que terminó resulta relativamente sencillo reconstruirlo.
Acá hubiera sido mejor aterrizar.
Acá tendría que haber vuelto.
Acá ya había demasiado viento.
Pero hay un problema: el piloto que tomó aquellas decisiones todavía no conocía el final de la historia.
Nadie decide:
Voy a seguir hasta quedarme con pocas opciones de aterrizaje.
La decisión suele ser bastante más pequeña.
Voy un poquito más.
Y esa pequeña decisión nos lleva a otro lugar, con otra altura, otro terreno, otra condición y otras posibilidades.
Desde allí tomaremos la siguiente.
Y después otra.
Por eso quizá una de las cosas más interesantes de un vuelo largo sea que cada decisión modifica el escenario en el que tendremos que tomar la siguiente.
Un estudio publicado en 2024 en Journal of Safety Research puso a pilotos de aviación general frente a vuelos simulados en los que las condiciones meteorológicas se deterioraban. En uno de los escenarios, cuando ese deterioro aparecía después de haber recorrido una distancia mayor, los pilotos fueron significativamente más propensos a continuar que cuando aparecía antes. El efecto no se produjo en todos los escenarios del experimento, por lo que sería incorrecto concluir simplemente que cuanto más llevamos volado, más vamos a arriesgar. Pero sí mostró que, en determinadas circunstancias, lo que ya invertimos en un vuelo puede influir sobre nuestra disposición a continuarlo.
Y eso deja una pregunta bastante más interesante que una regla:
¿Lo que llevamos detrás puede modificar la decisión que tomamos sobre lo que tenemos adelante?
Durante un mismo vuelo también podemos cambiar nosotros
Durante varias horas de vuelo puede cambiar el viento.
Puede cambiar la nubosidad.
Puede cambiar la actividad térmica.
Cambia el terreno que tenemos debajo.
Cambia nuestra altura.
Pero hay otra variable bastante menos visible.
Durante un mismo vuelo no sólo pueden cambiar la condición y el terreno. También puede cambiar nuestra forma de volar.
Hace tres horas acabábamos de despegar.
Ahora llevamos 80 kilómetros.
Estamos cerca de nuestra marca personal.
Encontramos varias térmicas donde no estábamos seguros de encontrarlas.
Venimos resolviendo bien.
Estamos cansados.
O quizás estamos eufóricos.
Y puede haber alguien más adelante.
Esto último merece atención.
En investigaciones sobre decisiones aeronáuticas se ha observado que lo que hacen otros pilotos puede convertirse en información para nuestras propias decisiones. Y existe además investigación específica en parapente que encontró influencia de lo que hacían otros pilotos sobre determinadas decisiones de despegue. Ese trabajo estudió el despegue, no la continuación de un vuelo de distancia, por lo que no podemos trasladar directamente sus resultados. Pero alcanza para recordarnos que no siempre decidimos mirando solamente el cielo, el terreno y nuestros instrumentos.
El piloto de nuestra historia lo explicó con enorme sencillez.
Tenía altura.
Se sentía bien.
El día todavía funcionaba.
Y vio continuar a un compañero al que consideraba incluso más experimentado.
Siguió.
No sintió que estuviera tomando una decisión particularmente importante.
Quizás justamente por eso su relato resulte tan reconocible.
El objetivo no se mueve
No siempre seguimos a otro piloto.
A veces seguimos algo bastante menos visible.
Un número.
Los cien kilómetros.
Nuestro récord.
El gol.
El triángulo que queremos cerrar.
O simplemente aquel lugar al que dijimos que queríamos llegar.
Los objetivos son parte del vuelo. Nos motivan, nos hacen aprender y muchas veces nos empujan a realizar cosas que tiempo atrás parecían imposibles.
Pero tienen una característica curiosa:
son mucho más estables que el aire en el que intentamos conseguirlos.
Los cien kilómetros siguen siendo cien kilómetros aunque aumente el viento.
El gol sigue en el mismo lugar aunque cambie la nubosidad.
Nuestro récord no se mueve porque la térmica se haya debilitado.
Y el objetivo que contamos antes de despegar tampoco desaparece porque el día haya cambiado.
Quizás por eso valga la pena recordar algo bastante obvio.
Todo objetivo de vuelo lleva una pequeña cláusula, aunque casi nunca la pronunciemos:
si la condición lo permite.
La palabra resulta curiosamente apropiada.
Una condición es justamente aquello de lo que depende que otra cosa pueda suceder.
Y en vuelo libre trabajamos con condiciones extraordinariamente dinámicas. Una pequeña variación puede modificar aquello que habíamos previsto horas antes. El pronóstico que miramos antes de despegar no es un contrato que el aire tenga obligación de cumplir.
El objetivo debería estar sujeto a la condición. Nunca al revés.
Seguir un poco más mientras pueda
Cuando le preguntamos al piloto de nuestra historia qué esperaba encontrar adelante, respondió algo muy simple:
“Seguir un poco más mientras pueda.”
Probablemente muchos hayamos pensado algo parecido alguna vez.
Pero hay una palabra interesante ahí.
Pueda.
¿Qué significa exactamente poder seguir?
Podemos tener altura suficiente para cruzar una loma.
Podemos encontrar otra térmica.
Podemos avanzar otros cinco kilómetros.
Pero cada avance también puede cambiar las posibilidades que tendremos después.
En su caso, mientras tenía altura la situación parecía ofrecer margen. Más adelante perdió esa altura, encontró más viento y descubrió que volver ya no era posible. Los aterrizajes disponibles tampoco eran los mismos.
No hubo un instante mágico en el que una situación se transformara repentinamente en otra completamente diferente.
Hubo algo bastante más difícil de percibir:
una pérdida progresiva de opciones mientras sentía que simplemente estaba continuando el mismo vuelo.
Y quizás ahí exista una diferencia importante.
Poder seguir no siempre significa conservar buenas opciones para dejar de seguir.
Cuando un buen vuelo ya fue un buen vuelo
Hasta acá parecería que estamos hablando de reconocer cuándo un vuelo empieza a complicarse.
Pero quizá haya otra dificultad bastante menos evidente.
A veces lo verdaderamente difícil no es abandonar algo que está saliendo mal. Es aceptar que algo que salió bien ya terminó.
Llevamos tres, cuatro o cinco horas haciendo precisamente aquello que más nos gusta.
El día funcionó.
Nosotros funcionamos.
Tomamos decisiones que dieron resultado.
Quizás hicimos uno de nuestros mejores vuelos.
Y todavía queda altura.
¿Por qué terminarlo?
No hay necesariamente una respuesta correcta.
Quizás no haya ninguna razón para hacerlo.
Tal vez esa próxima térmica nos regale una hora más de vuelo.
Pero también podríamos preguntarnos cuánto de nuestra decisión pertenece al escenario que tenemos ahora y cuánto pertenece al vuelo que no queremos que termine.
Lo llamamos vuelo libre
Y quizás pocas expresiones describan mejor lo que hacemos.
Podemos despegar sin saber exactamente dónde aterrizaremos.
Cambiar de rumbo porque una nube nos invita hacia otro valle.
Abandonar un objetivo y encontrar otro mientras estamos en el aire.
Improvisar.
Explorar.
Esa libertad es parte de lo que hace extraordinario al parapente.
Pretender eliminarla mediante planes rígidos probablemente significaría eliminar también una parte de aquello que buscamos cuando volamos.
Pero existe una contracara.
Ser libres para decidir también significa tener que decidir todo el tiempo.
Y quizás ahí se encuentre una de las grandes paradojas del vuelo libre:
la misma libertad que nos permite ir un poco más allá es la que nos obliga a decidir, una y otra vez, hasta dónde.
El piloto también cambia
En el ambiente del parapente suele decirse que uno de los principales elementos de seguridad de un ala es quien la pilota.
El piloto elige cuándo despegar, qué línea seguir, qué terreno atravesar, qué condiciones aceptar, qué margen conservar y cuándo terminar.
Pero si aceptamos esa idea, tenemos que aceptar también algo menos evidente:
ese elemento del sistema tampoco permanece necesariamente igual durante todo el vuelo.
Puede cansarse.
Entusiasmarse.
Sentirse cada vez más confiado.
Estar cerca de conseguir algo que desea.
Ver continuar a otros.
Acumular pequeñas decisiones que funcionaron.
Si durante el vuelo observamos continuamente qué está haciendo el aire y qué está haciendo nuestra vela, quizás exista una tercera cosa que de vez en cuando merezca ser observada:
qué está haciendo el piloto.
Poner el contador en cero
En otras formas de aviación existen procedimientos más estructurados para reevaluar periódicamente un vuelo. En parapente la realidad es diferente.
Quizás no necesitemos convertir cada transición en una lista de comprobación.
Pero podemos robarnos una idea.
Volver a poner el contador en cero de vez en cuando.
Por unos segundos, intentar quitar de la balanza los kilómetros que ya hicimos.
El récord que tenemos cerca.
La térmica anterior que encontramos contra todo pronóstico.
El piloto que tenemos adelante.
Lo que dijimos que queríamos hacer.
Y mirar simplemente dónde estamos.
Entonces aparece una pregunta:
Si mi vuelo empezara exactamente acá, con esta altura, este terreno, este viento y esta condición, ¿elegiría seguir?
No es una pregunta para aterrizar.
Tampoco para seguir.
No contiene una respuesta correcta.
Sólo intenta conseguir algo bastante más modesto:
que seguir vuelva a ser una decisión.
Una térmica más
El piloto con el que comenzó esta historia finalmente tuvo un aterrizaje complicado y sufrió una lesión.
Pero podríamos cambiar el final.
Podríamos hacer que encontrara un buen campo, aterrizara perfectamente y volviera esa noche encantado con el vuelo.
Nada de lo que estuvimos preguntándonos cambiaría.
Porque una lesión no demuestra que la decisión anterior haya sido equivocada.
Y un aterrizaje perfecto tampoco demuestra que haya sido acertada.
Quizás esa térmica más sea la que abra otros cincuenta kilómetros.
Quizás nos permita cruzar el valle, cerrar nuestro triángulo o convertir un vuelo cualquiera en uno de esos que recordaremos durante años.
O quizás nos lleve a un lugar desde el cual la próxima decisión ya no tenga las mismas opciones.
Porque volar también es eso: elegir una posibilidad y, muchas veces, dejar otras atrás.
El problema quizás no sea perder opciones. Sea dejar de advertir que las estamos perdiendo.
Por eso, tal vez la pregunta nunca haya sido si debemos ir o no por una térmica más.
Quizás sean dos.
Cuando vamos por ella, ¿todavía somos nosotros quienes estamos eligiendo hacerlo?
Y si decidimos seguir, ¿qué opciones estamos dejando atrás?
INVESTIGACIONES Y FUENTES CONSULTADAS
Effects of distance flown on pilot decision making in continued flight into deteriorating weather conditions
Journal of Safety Research, 2024. Estudio experimental sobre cómo la distancia ya recorrida puede influir en la decisión de continuar un vuelo ante el deterioro de las condiciones.
Ver investigación en ScienceDirect
Launch Decisions of Paragliding Pilots: Rational or Intuitive Decisions?
Konstanze Meindl, 2019. Investigación realizada específicamente con pilotos de parapente sobre distintos factores y heurísticas que pueden intervenir en la toma de decisiones. El estudio analiza decisiones de despegue, no decisiones durante vuelos de distancia.
Ver investigación en University of Nicosia
Continuation Bias
SKYbrary. Material sobre la tendencia a continuar con un curso de acción previamente iniciado aun cuando las circunstancias cambian, y sobre la importancia de reconocer esos cambios y reiniciar el proceso de decisión.
Ver fuente en SKYbrary