Entre el flow y el miedo: ¿cómo nos puede transformar el vuelo?
Dos investigaciones recientes se acercan desde lugares diferentes a algo que los pilotos conocemos bien, aunque no siempre sepamos ponerlo en palabras: qué sucede cuando nos sentimos plenamente capaces de desenvolvernos en el aire y qué ocurre cuando un acontecimiento rompe esa confianza. En aVolar.info las ponemos frente a frente, con nuestra propia mirada, para intentar entender no sólo qué nos pasa cuando volamos, sino también qué puede dejarnos el vuelo cuando volvemos a tierra.
Hay momentos en los que volar parece volverse extraordinariamente sencillo.
No porque las condiciones necesariamente lo sean. Tampoco porque haya desaparecido el riesgo. Simplemente, todo parece estar en su lugar. La atención está completamente puesta en el vuelo, las decisiones aparecen casi naturalmente, dejamos de pensar en nosotros mismos y hasta nuestra percepción del tiempo cambia.
Dos horas pueden parecer veinte minutos.
También existe la experiencia contraria. Después de un susto, una plegada inesperada, una mala decisión o un episodio que sentimos que escapó de nuestras manos, algo puede cambiar. Podemos seguir siendo exactamente el mismo piloto, con los mismos años de experiencia y los mismos conocimientos, pero ya no sentirnos igual en el aire.
¿Qué sucede entre una experiencia y la otra?
Dos investigaciones recientes sobre pilotos de parapente permiten observar ambos extremos desde una perspectiva poco habitual. Una estudia el flow, ese estado de concentración y disfrute profundo que puede aparecer durante el vuelo. La otra analiza algo que la propia comunidad de pilotos comenzó a llamar fear injury: una especie de “lesión del miedo” que puede producirse después de una experiencia adversa incluso cuando no hubo ninguna lesión física.
Los trabajos son independientes y estudian fenómenos diferentes. Pero puestos uno al lado del otro aparece una relación particularmente interesante.
En el centro de ambos parecen encontrarse tres elementos que cualquier piloto conoce bien: el miedo, la confianza y nuestra percepción de control.
Cuando dejamos de pensar y simplemente volamos
El primero de los trabajos, “Flow in the Sky: A Qualitative Appraisal of Paragliding Pilots’ Flow Experiences”, fue publicado en 2025 por Ertuğrul Ertürk, Yasin Altın y Burhan Özkurt.
Los investigadores entrevistaron a 20 pilotos con al menos tres años de experiencia para intentar comprender cómo viven el estado de flow durante el vuelo.
Del análisis surgieron cinco grandes características: alteraciones en la percepción del tiempo, equilibrio entre desafío y capacidad, pérdida de la conciencia de uno mismo, sensación de control y una experiencia profundamente gratificante que, según los propios pilotos, puede prolongar sus efectos después de aterrizar.
Probablemente muchos pilotos hayan experimentado alguna vez algo parecido sin llamarlo flow.
Es ese momento en el que desaparecen buena parte de los pensamientos que normalmente ocupan nuestra cabeza. Ya no estamos pensando que estamos volando. Estamos volando.
Uno de los participantes lo describió diciendo que prácticamente se había olvidado de sí mismo: era como si sólo existiera el vuelo. Esa disminución de la autoconciencia aparece de manera consistente en las entrevistas.
También cambia la percepción del tiempo. Algunos pilotos sintieron que vuelos de horas habían durado apenas minutos; otros describieron la sensación contraria, como si determinados instantes se ralentizaran.
Pero para que eso suceda aparece una condición fundamental.
Ni demasiado fácil ni imposible
El flow parece favorecerse cuando existe un equilibrio entre lo que la situación nos exige y aquello que sentimos que somos capaces de hacer.
Si el desafío queda demasiado por debajo de nuestras capacidades, aparece el aburrimiento. Si las supera demasiado, aparece la ansiedad.
Entre ambos extremos existe una zona en la que la situación demanda nuestra atención y nuestras capacidades están plenamente comprometidas, pero todavía sentimos que podemos resolverla.
Y acá aparece algo particularmente interesante para el parapente.
No hace falta que desaparezca completamente el miedo para llegar a ese estado.
Una piloto entrevistada contó que al comienzo estaba muy ansiosa y pensaba que no podría hacerlo. Pero cuando tomó el control y comprobó que podía manejar la situación, esa ansiedad se transformó en un placer difícil de describir.
Eso cambia bastante la manera de pensar nuestra relación con el miedo.
Quizás miedo y disfrute no sean siempre dos estados opuestos. En determinadas circunstancias, el miedo puede formar parte del camino hacia una experiencia extraordinariamente gratificante cuando aquello que nos generaba incertidumbre comienza a sentirse manejable.
No controlamos el aire
Acá aparece, a nuestro entender, uno de los puntos más interesantes del estudio.
Un piloto de parapente nunca controla completamente su entorno. No controla la térmica que va a encontrar, una turbulencia, la intensidad exacta de una ráfaga ni todo lo que ocurrirá durante las próximas horas.
Lo que sí puede cambiar radicalmente es su percepción de estar capacitado para responder a aquello que el entorno le presente.
En las entrevistas, cuando los pilotos sentían que dominaban la vela y podían manejar la situación, aumentaban la confianza y el disfrute. Cuando un acontecimiento inesperado les hacía sentir que habían perdido ese control, el flow podía desaparecer abruptamente y dar lugar al miedo o incluso al pánico.
Por eso quizá sea más preciso hablar de capacidad de gestión que de control.
No necesitamos que el aire sea completamente previsible para sentirnos seguros. Necesitamos sentir que contamos con recursos suficientes para desenvolvernos dentro de su imprevisibilidad.
Y esta idea va a aparecer nuevamente, pero desde el extremo opuesto, en el segundo trabajo.
Cuando algo se rompe sin que nos hayamos roto nada
La tesis doctoral “Fear of Flying”, de Jessica Love, parte de una expresión que ya circulaba entre pilotos: fear injury.
La autora intenta darle una definición y estudiar cómo se produce, cómo evoluciona y qué condiciones podrían favorecer su recuperación.
Y lo primero que resulta interesante es que no hace falta sufrir una lesión física para sufrir una “lesión de miedo”.
La tesis la define como una alteración del funcionamiento emocional, cognitivo y psicosocial después de un acontecimiento adverso que termina disminuyendo la participación o el rendimiento del piloto.
Identifica cinco características relacionadas: colapso de la confianza, reevaluación del riesgo, aumento de miedos que pueden resultar desproporcionados, respuestas corporales de miedo y alteraciones psicosociales.
Puede haber existido un accidente.
Pero también un incidente, un aterrizaje duro, una situación que estuvo cerca de terminar mal o incluso un accidente presenciado.
Y quizá lo más revelador sea que acontecimientos parecidos no necesariamente producen consecuencias parecidas.
Lo importante no es solamente qué pasó
Al comparar las experiencias, la investigación encontró una diferencia muy interesante.
Quienes desarrollaron fear injury tendían a describir el acontecimiento como repentino, incontrolable y difícil de comprender.
Otros pilotos habían atravesado acontecimientos comparables sin desarrollar esa alteración. En esos casos, podían integrarlos dentro del riesgo esperado de la actividad y atribuir lo ocurrido a causas identificables.
Eso obliga a mirar un incidente de otra manera.
Su consecuencia psicológica no parece depender exclusivamente de su gravedad objetiva.
Un acontecimiento relativamente menor puede modificar profundamente nuestra relación con el vuelo si sentimos que no entendemos por qué ocurrió o que no hubiéramos sabido qué hacer.
Y un episodio potencialmente serio puede ser procesado de manera diferente si conseguimos comprender qué sucedió, qué hicimos, qué podríamos haber hecho y qué recursos tendríamos si volviera a presentarse.
La pregunta deja entonces de ser solamente:
“¿Qué me pasó?”
y empieza a incluir otra:
“¿Entiendo qué pasó y siento que podría gestionarlo si volviera a ocurrir?”
Cuando dejamos de confiar en nosotros mismos
Después de un acontecimiento vivido como sorpresivo, incontrolable y confuso, la tesis encuentra un patrón posible.
Primero puede romperse la confianza en las propias habilidades, en las decisiones o incluso en el equipo. Esa pérdida de confianza modifica la evaluación del riesgo. El miedo aumenta, comienza a manifestarse corporalmente y puede aparecer la evitación: volar menos, evitar determinadas condiciones o alejarse progresivamente de la actividad y de la propia comunidad.
Y esto es particularmente interesante porque el piloto puede saber racionalmente que posee las capacidades necesarias y, sin embargo, ya no sentirlo.
El cuerpo parece haber aprendido otra cosa.
La tesis siguió durante aproximadamente seis meses a diez pilotos que se identificaban como afectados por fear injury. No todos evolucionaron igual: algunos mejoraron gradualmente, otros tuvieron avances y retrocesos y otros permanecieron estancados.
La recuperación, por lo tanto, tampoco parece ser lineal.
Recuperarse no necesariamente significa volver a ser el mismo piloto
Este punto nos parece especialmente valioso.
En quienes mejoraron no sólo disminuyó el miedo. También fueron reconstruyendo su confianza y redefiniendo su propia identidad como pilotos.
En algunos casos, esa reconstrucción implicó dejar de medir el vuelo principalmente en términos de rendimiento para empezar a darle mayor importancia al disfrute y a la posibilidad de sostener la actividad en el tiempo.
Eso permite una interpretación interesante.
Quizás recuperarse de una experiencia que nos marcó no siempre signifique conseguir volver exactamente al lugar en el que estábamos antes.
A veces puede significar convertirnos en otro piloto.
Con otros objetivos, otra relación con el riesgo y quizá una idea más realista de nuestras capacidades y nuestros límites.
Saber que puedo no es lo mismo que haber comprobado que puedo
El tercer estudio incluido en la tesis observa un curso SIV (Simulation d’Incident en Vol) y encuentra otro elemento en el que vale la pena detenerse a pensar.
Antes del entrenamiento, muchos pilotos poseían principalmente un conocimiento teórico sobre plegadas, pérdidas y maniobras dinámicas.
Durante el SIV pudieron experimentar cómo se comportaba realmente la vela y cómo sus propias acciones modificaban ese comportamiento.
La autora interpreta ese proceso como una especie de movimiento inverso al que aparece en la fear injury: pasar del conocimiento intelectual de nuestra capacidad al conocimiento experiencial de esa capacidad.
Dicho de una manera mucho más sencilla: no es exactamente lo mismo saber que podemos resolver una situación que haber experimentado que podemos resolverla.
Eso ayuda a entender por qué determinadas experiencias de entrenamiento pueden modificar profundamente la confianza.
Pero sería un error sacar de aquí la conclusión simplista de que “si tenés miedo, hacé un SIV”.
La propia tesis advierte que los participantes de este estudio no estaban atravesando activamente una fear injury, por lo que sus resultados no permiten afirmar que un SIV sea un tratamiento eficaz para pilotos que la padecen.
Lo interesante parece estar menos en una maniobra determinada que en cómo se construye nuevamente la experiencia de competencia.
Desafío sí. Pero acompañado
El SIV observado combinaba algo que la tesis considera fundamental: mucho desafío con mucho apoyo.
Los pilotos eran llevados progresivamente hacia situaciones exigentes, pero dentro de un entorno estructurado: instrucción experta, procedimientos de seguridad, chequeo de equipo, entrenamiento sobre agua, rescate disponible y progresión adaptada a cada participante.
El instructor tenía además un papel que iba bastante más allá de enseñar maniobras.
Reconocer sus propios miedos y errores ayudaba a legitimar el miedo como algo que podía hablarse y trabajarse en lugar de esconderse. Eso favorecía preguntas, conversaciones sobre errores y una mayor apertura dentro del grupo.
Y esto toca una cuestión cultural importante para nuestra actividad.
Presentar el miedo como sinónimo de incapacidad, o sentir que un buen piloto debería ocultarlo, puede dificultar precisamente algunos de los procesos necesarios para recuperar la confianza.
Sentir miedo y ser competente no son necesariamente incompatibles.
Dos investigaciones, dos caras de una misma experiencia
Hasta acá contamos lo que estudia cada trabajo.
Ahora queremos hacer el ejercicio propio de aVolar.info: ponerlos uno frente al otro.
Los autores no realizaron conjuntamente estos estudios ni afirman que flow y fear injury sean extremos de un mismo mecanismo. Lo que sigue, por lo tanto, es nuestra lectura a partir de ambos trabajos.
Y la relación resulta difícil de ignorar.
En el estudio sobre flow, un desafío exigente encuentra a un piloto que siente que posee las capacidades necesarias para afrontarlo. Aumenta la sensación de control, disminuye el miedo, la atención se concentra y puede aparecer ese estado extraordinario en el que incluso dejamos de pensar en nosotros mismos.
En la fear injury parece ocurrir el proceso inverso.
Un acontecimiento inesperado hace que el piloto sienta que perdió el control y, sobre todo, que no comprende completamente qué ocurrió. Se rompe la confianza en sus capacidades o decisiones, cambia su percepción del riesgo y el miedo comienza a ocupar un espacio cada vez mayor.
Podríamos representarlo, simplificando mucho, así:
Desafío + capacidad percibida → confianza → concentración → flow
frente a: Acontecimiento inesperado + pérdida de control + incomprensión → pérdida de confianza → miedo → evitación
En ambos casos, la cuestión no parece ser conseguir que el mundo se vuelva completamente controlable.
Porque volando eso sencillamente no existe.
La cuestión parece estar en cómo construimos nuestra capacidad para desenvolvernos dentro de lo que no controlamos.
¿Y qué puede dejarnos todo esto fuera del vuelo?
Acá entramos inevitablemente en un terreno más interpretativo.
Los pilotos del estudio sobre flow no describieron solamente lo ocurrido durante el vuelo. Algunos afirmaron que la sensación de libertad, calma y logro continuaba después de aterrizar y se traducía en mayor tolerancia al estrés, serenidad, confianza y satisfacción con la vida. Algunos hablaban incluso de efectos que permanecían durante días.
Al tratarse de entrevistas y relatos personales, esto no demuestra que el parapente produzca causalmente esos cambios duraderos. El propio estudio reconoce las limitaciones de trabajar con autorreportes, posibles sesgos de recuerdo y sin mediciones fisiológicas simultáneas.
Pero la experiencia relatada resulta sugerente.
Volamos en un ambiente esencialmente incierto. Aprendemos a observarlo, interpretarlo, tomar decisiones y aceptar que jamás podremos anticipar absolutamente todo.
Y una y otra vez comprobamos que podemos desenvolvernos dentro de esa incertidumbre.
Quizás por eso una de las cosas que puede enseñarnos el vuelo no sea que todo está bajo control.
Puede enseñarnos algo bastante más útil:
que somos capaces de actuar aun cuando no lo está.
Tal vez volar también sea aprender a relacionarnos con el miedo
Quizás ahí aparezca el punto de encuentro más profundo entre estas dos investigaciones.
El flow no requiere necesariamente ausencia absoluta de miedo. Puede aparecer cuando aquello que inicialmente nos inquietaba comienza a sentirse manejable.
Y recuperarse de una experiencia que rompió nuestra confianza tampoco parece consistir simplemente en eliminar el miedo.
Puede consistir en comprenderlo, reconstruir capacidades, recuperar confianza y conseguir que vuelva a ocupar un lugar proporcionado dentro de nuestras decisiones.
El parapente probablemente no nos enseñe a dominar la incertidumbre.
Nos obliga a convivir con ella.
A veces esa convivencia produce algunos de los momentos más extraordinarios que conocemos como pilotos: el tiempo desaparece, dejamos de pensar en nosotros mismos y solamente existe el vuelo.
Otras veces, un acontecimiento nos recuerda brutalmente los límites de aquello que creíamos controlar y nos obliga a reconstruir nuestra relación con el aire, con el riesgo y con nosotros mismos.
Quizás madurar como piloto —y tal vez también como persona— tenga menos que ver con dejar de sentir miedo que con aprender qué hacer con él.
Que el miedo pueda volver a ser información, y no quien toma las decisiones.
Los estudios originales
Flow in the Sky: A Qualitative Appraisal of Paragliding Pilots’ Flow Experiences
Ertuğrul Ertürk, Yasin Altın y Burhan Özkurt.
International Journal of Recreation and Sport Science, 2025, 9(2), 198–208.
Fear of Flying
Jessica Love.
Tesis doctoral sobre fear injury en pilotos de parapente, su evolución y las condiciones potencialmente relacionadas con su recuperación.